(Re)acció / Política

Reflexiones de un mundo unipolar

«Sovint l’acostament de l’FMI als països en vies de desenvolupament recorda a l’època colonial»i

El texto que estructura mi artículo es la transcripción de la conferencia Espacio, tiempo y responsabilidad política en la era de la desigualdad global, impartida por Doreen Massey el 27 de junio de 2005 en la Universidad de Bonn.
Massey empieza destacando la importancia de la conceptualización del espacio. Cómo se conceptualiza el espacio es importante porque un análisis equivocado, o falso, nos acerca irremediablemente a la inactividad –o a la actividad negativa–. No era la única en destacarlo; Edward Soja también se posicionó a favor de una manera diferente de analizar “la producción social de la espacialidad humana”: la geografía debía adquirir un papel mayor al desempeñando hasta el momento, equiparándose en importancia con la historiografía y la sociología.ii Ahora bien, introducir la conceptualicación del espacio con un papel principal en el análisis de la realidad no debería comportar el error del que advierte el historiador y profesor de UCLA Russell Jacoby: “La retirada de las verdades universales en nombre de una nueva multiplicidad por parte de los teóricos del postcolonialismo lleva a una incapacidad para analizar y juzgar”.iii

Massey se cuida de no caer en semejante error. Presenta tres propuestas básicas generales relacionadas con la conceptualización del espacio que, si bien son normal y universalmente reconocidas como ciertas, en muchos de los textos publicados después no tienen la importancia que merecerían.iv

  1. “el espacio es un producto de las prácticas, las relaciones, las conexiones y las desconexiones”.
  2. “el espacio y la multiplicidad son [siempre] co-constitutivos”.
  3. “el espacio esta siempre en proceso, que nunca termina […] El espacio es una producción en curso”.

El análisis de Massey nos predispone hacia la actividad productiva, que diría Erich Fromm. Observamos claramente en la primera y tercera propuesta la formación marxista de la autora; entendiendo el marxismo como el análisis concreto de la realidad concreta, y la siguiente “desnaturalización” de la actual realidad humana. Vislumbramos así la crítica marxista al neoliberalismo, que impone el capitalismo global de libre mercado como el espacio límite a alcanzar, espacio en el que se debería establecer la humanidad al entender que es la etapa más “avanzada” de todo el desarrollo histórico y, siguiendo los mismos caminos lógicos, vislumbramos también la crítica a la posmodernidad que representa Francis Fukuyama y su Fin de la Historia.

Con la misma intención de evitar caer en el análisis fútil, Massey desenmascara críticamente las conceptualizaciones del espacio más comunes en la actualidad –a las que significativamente denomina imaginaciones evasivas–. La conceptualización más habitual consiste en “convertir el espacio en tiempo, la geografía en historia” y así “la geografía desigual del mundo se reorganiza en una secuencia histórica”v, generando entonces dos problemas esenciales. El primero es que se elimina la contemporaneidad, es decir, se obvia que las desigualdades del mundo se están produciendo ahora y, en consecuencia, que son el producto y el reflejo de las conexiones/relaciones/prácticas que intrínsecamente conforman y sustentan el actual sistema de capitalismo global. El segundo problema es que, al establecer una única secuencia histórica para todos los países/regiones del mundo, son los países que están en las posiciones más “avanzadas” los que determinan el camino a seguir a todos los demás.

Me gustaría insistir en este punto. En esta exposición volvemos a observar la tendencia marxista de la autora, ahora concretamente la interiorización y aplicación del concepto “lucha de clases”. Para un liberal –en lo económico– no supone ningún problema que sea el “más avanzado” quien determine el camino a seguir a todos los demás; de hecho, es lo lógico. Porque la fe ciega en el mercado, en la Economía [1], como el mejor, más eficaz y más democrático método para administrar la realidad social, por mucha retórica que se aplique, no deja de suponer en la realidad que: quien más tiene, más influye. Esto parece una obviedad para todo aquel que no crea en la mano invisible.

El “problema” está en que, desde la década de los setenta, el discurso neoliberal se ha vuelto hegemónico; primero en la academia y posteriormente, desde la caída del muro de Berlín y la disolución de la URSS, en la mayoría de la sociedad. Así, si antes de 1991 podían existir dos narrativas diferentes de aquello que consideramos Progreso y, en consecuencia, dos narrativas diferentes de la “secuencia histórica”, lo que, como mínimo a priori, permitía a los diversos países soberanos realizar una elección –cosa que, como señala Yves Lacoste en su libro Geografía del subdesarrollo, los países del Tercer Mundo aprovechaban adoptando el sistema que más les beneficiaba: el socialismo vi– y permitía a los diversos individuos percatarse de que la definición de Progreso no era única sino que se trataba de una construcción dialéctica, después de 1991 se pierden todas estas opciones.

Massey se opone al discurso único, y más cuando este se impone de arriba hacia abajo, pues entiende que el “más avanzado” lo está gracias a que hay otros que están “más abajo”, y entiende que quienes se benefician de la situación actual no harán nada voluntariamente para cambiar su situación de privilegio. En todo caso, sus actuaciones irán destinadas a perpetuar o aumentar el actual escenario que les beneficia. Así es la “lucha de clases” tal como la entendían Marx y Engels cuando decían que solamente el proletariado –la gente explotada, las personas “de abajo”– podía liberar y cambiar la realidad, pues al hacerlo no tenían nada que perder salvo las cadenas. Pero no se trata solamente de una teoría sobre la explotación socioeconómica. La misma lógica se aplica a todos los colectivos que han sido históricamente oprimidos, como las mujeres y el movimiento feminista o los afroamericanos y el movimiento por los derechos civiles en los EEUU. Si no son los mismos oprimidos quienes lideran estos movimientos, las posibilidades de un cambio real se reducen prácticamente a cero.

En el caso de la globalización nos encontramos con que los líderes de este movimiento son, precisamente, los países ricos. Esta apreciación no es compartida solamente por intelectuales marxistas, pues socialdemócratas tan famosos como Joseph Stiglitz la suscriben completamente. En su libro El malestar de la globalización, escrito justo después de trabajar durante casi cuatro años en el Banco Mundial, Stiglitz localiza uno de los problemas básicos, de porqué la globalización no está funcionando en la realidad como teóricamente debería, en el práctico monopolio que tienen los países del Primer Mundo –y de estos países, los que conforman el G8– sobre las instituciones –esencialmente, el Fondo Monetario Internacional y el BM– que se dedican a controlar todo el proceso de globalización.vii

Esta sería la realidad práctica, pero toda realidad se sustenta o legitima sobre una teoría [2] y, actualmente, parece que solo existe una única teoría. El mismo Stiglitz advierte de que la imposición de la doctrina neoliberal por las instituciones económicas internacionales sobre los países del Tercer Mundo como una receta universal, sin tener en cuenta las condiciones concretas de cada país intervenido, lo que en realidad suele provocar es un agravamiento de las crisis que esos países sufren, en lugar de mejorar su situación.viii Esta forma de actuar es consecuencia de la dejadez intelectual que provoca el discurso único. Los economistas [3] asumen que el libre mercado es el único camino a seguir y que, si bien quizá a corto plazo puede tener algunos efectos negativos, a la larga resultará positivo para el país en cuestión y para su población. En España, desde el inicio de la crisis de 2008, esto se puede observar claramente en las varias imposiciones/recomendaciones de la Troika. Esta forma de actuar es también consecuencia de una visión eurocéntrica –o, quizá mejor, de la visión propia de aquel que detenta el poder–.

Como ya he asumido antes, el neoliberalismo favorece al poderoso. Así, es lógico que un economista de la Escuela de Chicago o de la Escuela de Viena considere que el libre mercado es el sistema más beneficioso. Pues, para ellos, seguramente lo sea. Pero esta es una postura que, como denuncia normalmente Noam Chomsky, es altamente hipócrita. Si se estudia un poco la historia se constata que si hoy Estados Unidos es el gran adalid del libre mercado es gracias a que, en los doscientos años previos a adquirir su actual posición de país “más avanzado”, practicó unas políticas comerciales radicalmente proteccionistas. Es solamente una vez consolidada su posición dominante que, lógicamente para sus intereses, aboga por las políticas de free market. Eso mismo que ellos realizaron en su momento, ahora se lo niegan al resto del mundo.

A nivel personal me resulta interesante la opinión del filósofo Henri Bergson respecto a “la temporalidad y la historia” que Masseyix recupera y equipara con su propia opinión respecto al “espacio”. Según Bergson, la indagación en el pasado es una “forma de auto-posicionamiento que permitiría atar los hilos para poder comprometerse más específicamente”. Lo comparto plenamente, pues es la misma idea que tengo yo sobre lo que debería suponer el estudio de la historia y por lo que considero que el estudio de la historia es una necesidad básica. Según Massey la indagación en el espacio –aunque no sea posible, como tampoco es posible en la historia, alcanzar y delimitar nunca la totalidad por la multiplicidad de realidades– nos permite alcanzar una “mayor toma de conciencia”, a partir de la cual “es que es posible priorizar”. Y, lograr priorizar, en un mundo posmoderno, no es cosa menor.

Referencias/citas bibliográficas

1. Resulta interesante observar los paralelismos que existen entre la creencia en el Progreso y la creencia en la Economía; entendidos estos dos términos en su sentido más radical, como verdades científicas, absolutas y únicas. La aceptación y creencia en estos términos provoca aquello de los que nos advierte Massey: la desconsideración de toda alternativa.

2. “Qualsevol grup que accedeixi al poder i que tingui prou riquesa construirà una ideologia que justificarà aquesta situació, prenent com a base la necessitat del benestar general.” – Noam Chomsky – L’objectivitat i el pensament liberal.

3. Los economistas que están en sitios de poder e influencia, se sobreentiende. “els  tecnòcrates que arriben al poder són aquelles persones que poden oferir un servei a les institucions existents” – Noam Chomsky.

i. Joseph Stiglitz, El malestar de la globalització, Barcelona, Editorial Empúries, 2002, p. 66
ii. Edward Soja, Tercer Espacio: extendiendo el alcance de la imaginación geográfica, Barcelona, Icaria, 2010, pp. 182 i 186-7
iii. Josep Fontana, La historia de los hombres: el siglo XX, Barcelona, Crítica, 2013, p. 174
iv. Doreen Massey, Espacio, tiempo y responsabilidad política en la era de la desigualdad global, Bonn, Erdkunde, 2006, pp. 197-198
v. Doreen Massey, Espacio, tiempo y responsabilidad política en la era de la desigualdad global, Bonn, Erdkunde, 2006, p. 199
vi. Yves Lacoste, Geografía del subdesarrollo, Barcelona, Ariel, 1976, p. 239
vii. “El canvi més important que es necessita perquè la globalització funcioni és un canvi de comandament. Això implica un canvi dels drets de vot a l’FMI, al Banc Mundial i a tota la resta d’institucions econòmiques internacionals.” Joseph Stiglitz, El malestar de la globalització, Barcelona, Editorial Empúries, 2002, p. 293
viii. Joseph Stiglitz, El malestar de la globalització, Barcelona, Editorial Empúries, 2002, p. 65
ix. Doreen Massey, Espacio, tiempo y responsabilidad política en la era de la desigualdad global, Bonn, Erdkunde, 2006, p. 209

FONTANA, Josep (2002 y 2013), La historia de los hombres: el siglo XX. Barcelona: Crítica.
LACOSTE, Yves (1965 y 1976), Geografía del subdesarrollo. Barcelona: Ariel.
MASSEY, Doreen (2006), Espacio, tiempo y responsabilidad política en la era de la desigualdad global. Bonn: Erdkunde.
SOJA, Edward (1999), Tercer Espacio: extendiendo el alcance de la imaginación geográfica, en Albet, A., Benach N. (eds.). Edward W. Soja. La perspectiva postmoderna de un geógrafo radical. Barcelona: Icaria. 2010. Pp. 181-209.
STIGLITZ, Joseph (2002), El malestar de la globalització. Barcelona: Editorial Empúries.

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